Cuando tenía doce años, no creía en dos cosas: el amor y el deporte. No odiaba algo tanto, como ver a dos personas interactuando saliva, entre canciones cursiletas y fluidos, o a mis amigas después del colegio en clase de natación, equitación, béisbol, básquetbol, fútbol y hasta judo ¿Era en serio? ¿Acaso no era suficiente con ir al colegio? Mientras tanto yo alimentaba mi corazón con la franja Early, ese indudable espacio de la tarde llamado: DRAMA.
Pero bueno crecí, y los papeles cambiaron, ahora era yo la del drama. Empecé entonces a creer fielmente en esas dos innombrables, invaluables, inexplicables, Val De Mortescas y absurdas cosas…El amor y el deporte. Descubrí que tenía talento para los dos, pero en momentos diferentes. Mi disciplina en el amor fue muy importante y constante, mi profesora de matemáticas diría sobresaliente y mi mamá como fiel creyente de mis habilidades sin importar mi talento pensaría que era la mejor…Si, me enamoraba de todo lo que veía, sentía una necesidad tipo Jordano de amar al mundo entre letra cursiva y ojos arrugados, era excesiva y bueno ya está, por primera vez me enamoré o tuve mi mejor versión del amor.
Y entonces vino el verdadero arte, el tan anhelado deporte. Pues sí, después de haber cuajado el amor un par de años, un día mágicamente, todo dejo de importar (Y ahora que lo pienso él podría haberse tomado la molestia de no amarme tanto y haberme advertido de su madurez post-te termine.) Fue entonces cuando comencé a practicar deportes extremos, tan extremos que algunas veces me hacían sonreír y después de un par de minutos todo el cuerpo me dolía. Mi favorito, el unfriend. Entre los lunes, las 12 horas labores, los días de ovarios, cumpleaños de desgraciados, canciones de Arjona o números de aniversarios fantasmas, si señores el unfriend era mi mejor amigo. Y si alguien, alguna asociación, sindicato, agrupación armada o persona de buena fe otorgarán medallas por eso, yo las tendrías todas.
Mi rutina comenzaba un día cualquiera, en el que cualquier clase de cosa de él (El enemigo) me molestaba. Y entonces bajo mi madurez y el gran conocimiento sobre las relaciones humanas que he adquirido, comenzaba por Facebook, pero ¡OJO! Antes de eso stlakeaba todo como si fuera la última vez, como si la inquisición hubiera llegado por mí, como si fuera el fin del mundo ¡Nadie tiene más talento que mi drama! Pero sí, mi segunda base era Twitter y el unfollow, no me despedía antes sin ver el último seguidor. Luego entraba en una larga investigación y retroceso, y enlistanba toda mi vida social...Toda, es decir, Instagram, Flickr, LinkedIn, Tumblr y bueno ya entrado en gastos hasta Google plus, si, por si las moscas, por si él las revisaba todas, todos los días, tal cual como yo lo hacía. Seguramente él lo vería y no podría con el dolor de haberme perdido en todo, porque ahora era yo la que lo dejaba y entonces me paraba del escritorio con actitud de madurez y con un “Todo eso fuiste, pero perdiste, tin tin tin”
Claro está que mi madurez no ha tenido largos periodos, nunca, pasaban los días y mientras reflexionaba entre la harina o muerte, entre la proteína y el cambio de look, entre el chocolate y el me voy del país, llegaba el día quinto. Y después de haber vivido un gran duelo, niveles de insomnio tremendos, de haber hecho encuestas nacionales a mis amigas, de haber abusado de la harina o aprendido frases claves de Bridget Jones y anotado en mi cuaderno. Iba yo, sí yo, con la madurez que me caracterizaba. Iba yo y mi solicitud de amigos, íbamos mi “Jamás te stalkeo pero una amiga mía se dio cuenta que tú y yo, ya no nos teníamos en Facebook y le pareció importante hacérmelo saber, porque eso hacen las buenas amigas” El drama me ha enseñado que la honestidad es una debilidad, pero que la seguridad señores, la seguridad es una habilidad que en momentos como estos es necesaria, casi cuando creer sea imposible.
