[Dedicado al niño que me gustó y me dijo que no]
Era 1995, supongo que no estaba de moda ir de rosado al colegio,
no estaba de moda en mi casa, donde mi papá era quién gobernaba, y aunque la
democracia se ejercía, la estética muy pocas veces.
Habíamos crecido juntos, digo
crecido, porque la crianza de una niña con un padre soltero es como dirían
algunos, un constante aprendizaje, probablemente más para mi papá que para mí.
Todos los días desayunaba cereal con
leche, siempre dejaba más tiempo el cereal para ver como sucumbia ante las
garras de la leche y se volvía plastilina para mis dientes que recién
estrenaba. No gozaba del privilegio de muchas niñas en los peinados, casi
siempre iba con el pelo suelto, sin mayor extravagancia, ni trenza, ni cola, ni
absolutamente nada, solo recuerdo una vez, que durante un fin de semana
durmiendo en la casa de mis abuelos, mi abuela decidió ser una artista y me
corto un pedazo del flequillo intentado darle forma a mi pelo y a mi
personalidad y creo que los resultados no fueron los esperados, sin embargo es
importante reconocer que lo intento y que el resultado del artista no siempre
es el esperado por todos.
Estudiaba en un colegio mixto, era
difícil a veces que me diferenciaran, parecía a veces un niño más, creo que ir
de rosado hubiera sido una buena estrategia para que mi profesora supiera de
qué lado del bando estaba. Bueno, no solo la profesora, creo que el niño que me
gustaba también. El niño que me gustaba se llama Juan, era el más lindo, su
mamá si lo peinaba, digo si tenía mamá que lo peinará, para ese entonces creía
que la mamá era única y estrictamente indispensable para temas de belleza
infantil y banquetes especializados en loncheras para niños de segundo B.
Juan, no solo estaba bien peinado, o
tenía siempre los cordones amarrados correctamente, también gozaba del don de
la belleza y tenía la mejor sonrisa, mucho mejor que los anuncios odontológicos,
y la verdad es que no sé cómo hacía, porque para aquel entonces, nuestros
dientes apenas volvían a salir y parecían un salón de niños mal organizados,
pero él, él por supuesto no hacia parte de ese grupo.
Había decidido que estaba enamorada
de él, sí, porque para aquél entonces yo podía decidir de quien enamorarme, no
tenía muchas responsabilidades en la vida, así que el amor a pesar de lo
efímero que puede parecer cuando estas en segundo grado, también es una tarea
importante, no sé si relevante, pero de seguro era importante. Y entonces había
decidido enamorarme de él, porque era el número uno en matemáticas, y
matemáticamente hablando, si uno sumaba en un taco todo lo que había encontrado
favorable de él, él era el que ganaba en clase.
Recuerdo que era Halloween, lo que no
recuerdo mucho es como llegue a estar disfrazada de payaso triste, supongo que
nuevamente la democracia en mi casa se ejercía de una manera un poco extraña.
Por supuesto era el día más importante del año, no solo recibes toda clase de
dulces, sino que puedes jugar durante todo el día y no hay límite para el
recreo, pero lo más importante es que es el día en que puedes ir disfrazado de
NO niño de segundo B, no recuerdo muy bien si soñaba ir como princesa, pero por
ejemplo sé que me hubiera gustado ir como Barbie económica, es decir, Barbie con
vestido de baño, de ahí lo económico.
Claramente las cosas se dieron de
otra forma, no era la Barbie que espere
y mucho menos princesa, era un payaso, pero no un payaso como todos esos que
existen, era un payaso triste, que de por sí ya era una contradicción. Y
entonces fui acumulando puntos, creo que me había ganado vidas extras cada vez
más, que no se si hubieran sido útiles para algo, pero si se que para que el
niño que me gustaba me viera como el Power Ranger negro y no rosado.
En segundo grado pasan muchas cosas, como aprender a restar con frutas o sumar con animales, te conviertes en líder
del grupo cuando por decisión unánime eres el papá o la mamá de la familia en
recreo, aprendes a pasar el pasamanos después de durar semanas con las manos
llenas de ampollas, y si te va bien en la vida tus papas te dan plata para ir a
la tienda y empinarte a pedir eso, si eso, lo que sea, lo que alcance con el
billete y no dejar absolutamente nada de vueltas. De seguro muy pocos recuerdan
que pasa en segundo grado, o más bien seguro que yo no me acuerdo de nada, pero
lo que si me acuerdo es de aquel día, sentada en el andén llorando, y aunque el
cuadro para mi directora de grupo hubiera parecido como un NO de algún grupo o
cuasi secta del colegio que no me dejo jugar, era más bien la triste historia
de aquel niño que con esa sonrisa sin fin, sobresaliente en matemáticas, pero
sobre todo destacado para el lenguaje me había regalado un gran y cursivo NO.
